Cátedra UNESCO de Bioética

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Artículo "Los límites difusos de la enfermedad", por María Casado

Viernes, Julio 21, 2017

Columna escrita por María Casado y publicada en El Periódico el día 11 de junio de 2006. La Dra. María Casado es directora del Observatorio de Bioética y Derecho (OBD) y del Máster en Bioética y Derecho, así como titular de la Cátedra UNESCO de Bioética de la Universidad de Barcelona.

En el pasado número de PLoS Medicine (PLoS Medicine April 2006 , Volume 3, Issue 4, e189, www.plosmedicine.org) diversos trabajos analizaban la tendencia creciente a transformar a las personas sanas en enfermas. Diversos autores de reconocido prestigio volvían a poner sobre la mesa un problema sobre el que en los últimos años insisten los expertos en libros y revistas  científicos rigurosos: el márketing incentiva la medicalización de la vida, convierte en enfermedades procesos normales del devenir de la existencia y vuelve a definir la enfermedad de forma que el número de potenciales afectados aumenta y ―con esa ampliación de los  mercados― crece exponencialmente la venta de productos farmacéuticos.

Este cambio no es inocente y se apoya en la fe en la omnipotencia del avance científico ―que nos lleva a creer ciegamente en la utopía de que toda enfermedad, o mera molestia, encuentra remedio en una pastilla― y en la misma vulnerabilidad humana.

Buena parte de las campañas sobre temas sanitarios provienen no tanto de los responsables de la salud pública como de las grandes compañías; se está produciendo un proceso en el cual se difuminan las fronteras entre la salud y la enfermedad. La extensión del concepto  enfermedad es un negocio del que son artífices y responsables las compañías farmacéuticas, sus departamentos de mercadotecnia y de relaciones públicas y los medios de comunicación, pero también los médicos y sus sociedades científicas y, naturalmente, los pacientes y las asociaciones de pacientes.

Crear nuevas enfermedades, aumentar la demanda y conseguir la mayor implantación posible de nuevos medicamentos son prácticas de las que conocemos múltiples ejemplos, pero nos suelen pasar desapercibidas. Cada vez que abrimos el correo electrónico y encontramos montañas de mensajes no deseados, un gran porcentaje de ellos pretende vendernos medicamentos contra la ansiedad, la apatía y, sobre todo, para evitar la disfunción eréctil.

ESTE ÚLTIMO caso es paradigmático: lo que era una manifestación natural del paso de los años ―la bajada de índices de testosterona― se convierte en una enfermedad contra la que hay remediosmilagrosos que, además de dar potencia viril, venden la subjetiva eterna juventud. Poco importa que no sepamos si ese descenso natural es una defensa contra el cáncer de próstata o si desconocemos sus efectos secundarios, si podemos comprar la felicidad en un bote. De esta manera se medicalizan los estados de ánimo.

Un acuerdo de expertos puede subir o bajar los porcentajes según los cuales se mide le  colesterol, por ejemplo, y convertir así en susceptibles de tratamiento a cientos de miles de ciudadanos antes sanos. La publicidad se dirige a los médicos, pero también a los pacientes, ya que las novedades deben implantarse en el mercado lo más rápidamente posible. Se multiplican las reuniones informativas y los congresos médicos con el señuelo de la formación continua de los profesionales sanitarios ―proporcionada y promocionada por el mismo que vende el producto― e, incluso, se hace publicidad en los medios de comunicación.

Necesitamos normas éticas y jurídicas estrictas para evitar la ‘medicalización’ de la sociedad.

La industria farmacéutica es uno de los negocios más rentables que existen, pero hoy requiere de una comercialización agresiva de sus productos, que no surgen siempre por estrictas necesidades sociales. La publicidad y la comercialización en salud deberían ajustarse a normas éticas muy estrictas y ―por qué no decirlo― normas jurídicas más eficaces. No obstante,  actualmente es difícil distinguir la información de la promoción, y frecuentemente resultan patentes los sesgos y los conflictos de intereses involucrados en este sector.

Cada vez se multiplican en mayor medida las relaciones de dependencia entre las publicaciones, los congresos y las compañías. Tanto es así que los editores de importantes revistas científico-médicas internacionales, como New England Journal of Medicine, afirman que es difícil encontrar revisores independientes para sus artículos (M. Angell, 2004, Over and above: Excess in the pharmaceutical industry, CMAJ 171: 1451). Lo que no resulta extraño, puesto que diversos expertos han sido demandados judicialmente al atreverse a poner de manifiesto supuestos efectos adversos de determinados fármacos, incluso cuando lo han hecho en revistas especializadas.

ENTRE nosotros, ese fue el caso de Merck, Sharp & Dohme de España contra el doctor Joan-Ramon Laporte, en el 2004, demanda que fue desestimada por el juez. De hecho, este mismo artículo que leen ustedes hoy ha sido sometido a la revisión profesional de mi esposo, que es abogado. Se trata, pues, de una realidad bastante más grave que la confusión entre  enfermedad y aprensión con la que nos hacía reír Molière en su pieza teatral Le malade imaginaire, que, ya en el siglo XVII llevaba a su protagonista, Argan, a querer casar a su hija con un médico como remedio de todos sus males.

 

Máster en Bioética y Derecho UB